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jueves, julio 2, 2020
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Hitler y el fútbol: un solo partido y un berrinche histórico

Realmente él no quería estar allí, en aquel Alemania-Noruega de cuartos de final, porque su interés en la agenda del día era la competición de remo. O el polo. O la hípica, según el cruce de versiones históricas que se consulten. Todas, eso sí, coinciden en que a Adolf Hitler el fútbol no le interesaba lo más mínimo.

A él, al monstruo, le parecía una cosa bruta, primitiva, eso de correr y patear una pelota. De hecho, del deporte en sí pensó durante mucho tiempo que era una pérdida de tiempo hasta que le convencieron de su atractivo para difundir el mensaje al pueblo. Por eso aceptó los Juegos en Berlín, en 1936, a pesar de que cuando llegó al poder, tres años antes, preguntó por la necesidad de gastar dinero en tal espectáculo. No le motivaba lo más mínimo semejante reunión multirracial en casa.

Fue su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, quien le hizo ver las enormes posibilidades del evento olímpico. Del escepticismo inicial, el Führer pasó al entusiasmo, volcando todos los recursos posibles para que la cita saliera como salió, a lo grande. Hasta los enviados especiales de los periódicos norteamericanos, muy críticos ya con la deriva alemana, se rindieron a la impecable organización. Las calles aparecieron impolutas, las pintadas anti judías se borraron y en cada esquina un altavoz narraba las marcas y medallas de las distintas modalidades.

Para el visitante, la tramoya no tenía rendijas. La prensa vetada pudo regresar a Berlín, entre el embrujo de la recuperada vida nocturna de la capital y la atención marcial de los voluntarios. Un paraíso hecho cine por Leni Riefenstahl, la directora bandera de Hitler, que rompió barreras técnicas con su película Olympia.

Pero el brillo dorado no ocultaba los colmillos del régimen que crecía. La cargada atmósfera política impregnó los Juegos desde su desfile de inauguración, con aplausos a las naciones que soltaban el brazo al cielo y pitos a las que se resistían a rendir pleitesía al anfitrión. Después, en la pista, el traicionero deporte sacó los colores más de una vez al propio Hitler, con Jesse Owens como icono universal

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